Luis Raluy


Llegué cuando los últimos rayos de sol de una tarde de Julio iluminaban los carromatos multicolores. Una serpiente humana se movía poco a poco hacia la boca de la carpa y los niños callaban de emoción, excitados o tal vez un poco asustados. Por casualidad encontré en la entrada a mi amigo Josep y después de saludarnos me dijo: "Ven, te presentaré al Sr. Luís, está en la cafetería". Sin saber qué decir le seguí hasta un magnífico vagón con casi 100 años de trasiego a cuestas y entramos en la intimidad de su penumbra. El Sr. Raluy estaba sentado junto a la puerta, impecablemente vestido de payaso. Hicimos las presentaciones y yo no podía apartar la vista de sus ojos, unos ojos que noté que habían vivido. La conversación comenzó pausada y formal: hablamos del circo, de lugares y de fotografías mientras yo ya sólo pensaba en cómo le retrataría. Alguna cosa me decía en el interior: "Los ojos, fotografía los ojos", así que le pedí que posara allí mismo donde estaba y al hacerlo recordé los magníficos retratos de los años 50, una época que él recordaba muy bien. Después de unas cuantas tomas se levantó con dificultad y dijo: "Vine, t'ensenyaré el meu álbum (Ven, te enseñaré mi album)". Salimos al exterior y caminamos con el sonido de fondo de la función y las exclamaciones del público entre cables y caravanas hasta las escaleras de una de ellas que tenía pintado un gran rótulo con la leyenda "Biblioteca Raluy". Al entrar tuve conciencia de que aquel hombre era una persona culta que había hecho del circo su vida pero sin renunciar a todo lo demás. Él se puso a buscar en las estanterias llenas de libros y recuerdos mientras yo no dejaba de fotografiar consciente del privilegio que estaba viviendo. "Aquí está", dijo con un brillo nuevo en los ojos mostrándome un librito ajado con tapas de seda acolchadas y atado con una goma. Una vida como otra cualquiera yacía dentro, pero la persona que la había vivido me lo ofrecía sin reservas. Lo abrimos lentamente y los niños, hombre y mujeres que aparecieron cobraron vida a los ojos del payaso mientras me explicaba quienes eran, que había sido de sus vidas. Al pasar las páginas y los años aparecieron lugares, anécdotas, amores y por un momento temí llegar a la última página, esa que nunca tendría que llegar. Pero el Sr. Luís cerró el libro suavemente aunque con decisión, un gesto que sólo los años llena de sentido, y se quedó mirando al vacío sólo con sus recuerdos todo el tiempo que quiso. Después salimos del carromato y sólo quedó la despedida entre agradecimientos junto a la entrada del circo, un lugar que tan sólo en un par de días volvería a ser un solar vacio. Pero el circo y la vida seguirían en otro lugar, y eso lo sabía muy bien el Sr. Raluy.

Olympus Pen F + MZuiko 45mm F1.8

7 amigos han escrito:

Fco. Javier Calderón Gascón dijo...

Fantástico retrato Martín,me encanta el B/N y la expresión de esa mirada.

Un saludo y buen verano.

Esther Morán dijo...

Qué privilegio, Martín. Y bien que lo has aprovechado.

Barbollaire dijo...

Buuufff! El retrat ja és tota una historia. Diu tant! És tan bo!

Però el retrat i la història que l'acompanya... Emociona. Posa la pell de gallina.

Gràcies per aquesta carícia dolça als sentiments.

Agustí Tejdor dijo...

Felicitats Martí. No esperis gaire en ensenyar la resta del reportatge.

Llorenç Esteve dijo...

M'ha encantat!!, la foto i el text, quan dues persones enamorades del seu treball es junten, surten coses amb molt de sentiment.

Màrius LG dijo...

Va a ver una evolución en ti, estas escribiendo tan bien como retratas.

"Gallina de piel" se me ha puesto, parece que conozca al Sr. Raluy de toda la vida.

Una abraçada.

Isabel Hache Te dijo...

Impresionante la foto y el relato...
De chica amaba los circos y como vivía en un pueblo, nos visitaban seguido!!
También yo guardo historias fantásticas de ese mundo y esa gente tan mágicos!!
Gracias por compartir este álbum fantástico!!