
Entré en lo mas profundo del cañaveral y me tumbé en el suelo, mirando al cielo. El viento soplaba entre las cañas y las movia como olas esmeralda. Si cerraba los ojos, el sonido continuo de la brisa era inhumano, como un cantante que no necesitara coger aire para seguir con su melodia monótona, inquietante. La sensación de vertigo al mirar el cielo me encantaba, era como si cayera hacia arriba. Allí estábamos solos mis pensamientos y yo. Y entonces pensaba, y todas las cosas que me preocupaban pasaban en ese momento entre las cañas y el cielo, como en una película, como si no fueran mis cosas, como si no me preocuparan. Y veía con asombrosa claridad lo bueno y lo malo de mi vida, como si fuera la vida de otro, como si no me importara. Al rato de estar así, ausente, en el suelo, las hormigas subían por mis piernas y me devolvían a bocaditos al mundo real. Me levantaba pensando que me estarían buscando, y me prometía que nunca jamás le contaría a nadie este secreto, porque igual se rompía la magia. Cosas de crios.
Hoy me he dado cuenta de que hace mucho que no voy a las cañas.