
Llevaba ya unos dias leyendo por todos lados que la luna llena sería este mes mas grande debido a que estaba muy próxima a la tierra . Así que me fui armado hasta los dientes con todo el arsenal fotográfico y me planté en medio del Paseo de la Playa con el trabuco montado en la cámara y ésta en el trípode. Y esperé. De repente una manchita rosa se destacó en el horizonte mas o menos por donde había previsto que saldría Selene y me puse a ajustar el trípode preso de la excitación (fotográfica, claro) . Cuando volví a alzar la vista, nada. Nada de nada, ya no estaba allí. Me giré a ver si alguien había visto qué había pasado y sólo vi a un señor que me miraba de lejos con una radio pegada a la oreja mientras el resto de la gente pasaba de mí y de la luna. Pero para cabezón mi menda, no había ido allí a exhibir el equipo y decidí perseverar. Apunté el cañón óptico (es un decir) en dirección a la posición prevista de mi amiga y a los pocos minutos apareció entre las brumas como un regalo del cielo, nunca mejor dicho. Casi me pongo a dar saltos de alegría, pero no había tiempo que perder y me puse manos a la obra: modo manual, iso bajo, F:22 (que estrés!), foto, foto, arf, arf, cambio a F:8 (porfa, no te vayas otra vez), foto, foto, arf, arf, enfoco a la luna, enfoco la barca, foto, foto, arf, arf (el sudor me pica en los ojos) bajo el trípode porque la luna va subiendo, bajo velocidad porque oscurece cada vez mas, foto, foto, arf, arf, (un ligero temblor de manos me ataca) y por fin decido acabar porque el brillo del satélite ya es muy fuerte. Respiro hondo y me apoyo en el trípode, jadeando como un chucho. Ya de bajón, me pongo a repasar mentalmente la sesión lunática y decido sacar la cámara del trípode para revisar las fotos con frenesí . De repente, una aterradora idea me viene a la cabeza: si me giro, seguro que una enorme multitud estará siguiendo atenta el espectáculo del fotógrafo epiléptico. Así que poco a poco me doy la vuelta atemorizado y con alivio veo que no hay nadie allí, que no me mira nadie. Tan sólo el señor de la radio está embelesado mirando el disco blanco mientras se saca un moco con parsimonia. Uf, menos mal, me quedo tranquilo y me pongo a recoger pausadamente los trastos pensando que el mundo está lleno de locos de atar.
Y me alegro de haber encontrado una terapia.